A D V E R T E N C I A

Cometer un delito verbal o de expresión es imposible. (Miseria de época). Cualquier salida de tono o uso de lenguaje ofensivo "desacertado" será considerado un gesto individual de mal gusto (o sencilla estupidez), y se incluirá para fugaz escarnio de su autor. Si la ofensa va acompañada de acierto, en cambio, puede ser admitida como sub-slogan de la página.

Andrés Sánchez Redondo (Suplemento)

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Exorcismos de literatura universal:

E. A. Poe.

Un majadero espantadizo. Dejando su pasión por los crucigramas de lado, el debate cruento de su espíritu entre dos pulsiones antagonistas como son el temor a la licantropía de taberna y la necrofilia galopante lo torturaron hasta el infinito. El fruto de esta romería vital son algunas buenas canciones de cuna para niños trastornados.

Miguel de Cervantes.

Charlatán de feria, vendedor de lociones y elixires del eterno sopor. Recortó un monigote de los santos inocentes sin notar los alfileres en la espalda.

Alonso Quijano.

El más famoso caso, quizás, de un protagonista que contra todo pronóstico, huido ya de las estériles páginas, vagando por las llanuras de la imaginación y jugando al poker en las tabernas de El Toboso con el Frankestein de Shelley, no sólo vence la mediocridad de su creador sino que ejecuta una venganza inmisericorde.

La inefable belleza (poema escénico)

El poeta se aproxima al atril, con el mentón rampante de un general que pasa revista. El poeta carraspea, toma un sorbo de agua y con profunda y estudiada voz de gallinazo recita el título: La inefable belleza. Acto seguido se introduce los dedos índice y corazón en la boca y se provoca un copioso vómito. Vitores del público, gran ovación. Finalmente el poeta desfallece –quizás muere, pero esto no afecta lo conceptual- y cae desplomado. Entran en escena dos mujeres vestidas de luto, con velo de puntilla, y transportan en vilo al poeta fuera del escenario. Antes de desaparecer tras el telón, a una de las mujeres se le cae el velo, mostrando una barba feraz. Cae el telón dejando ver un paisaje de la mancha, trufado de astutos gigantes y un torero con una bacía de barbero en la cabeza.

La séptima vida de Elvis

Elvis, sal de aquí; tienes que hacerme caso y dejar de perseguirme siempre que me ves entrar en la cocina, no hay nada extra para ti. De acuerdo, yo también intentaré reprimirme y no vendré tan a menudo a este antro de infortunio para ambos. No seré tan necio de caer en la tentación de engullir cualquier cosa cuando sienta que la soledad y la desidia me invadan; dejaré de lado la pretensión de tapar agujeros en el estómago, simulando taponar otros que ni un buen trozo de jamón ni una magdalena taparían aunque terminara con la pieza o con la bolsa. Para colmo, las magdalenas no me gustan y al jamón le sobra un punto de sal.

Pero, y tú, Elvis ¿que buscas? ¿reventarte conmigo? Ya me lo dijo el veterinario la última vez que vino a verte cuando tuviste aquel ataque tan feo, ¿recuerdas?, que si no haces la dieta estricta no llegarás muy lejos. Y yo ya no tengo remedio; no puedo dejar de atiborrarme de chocolate ni de embutir el salchichón hasta que se acabe. No puedo dejar de sentir la angustia ni puedo evitar esta terrible melancolía que me ahoga y que en ocasiones impide que el aire llegue con nitidez a mis pulmones.

Pero tú, Elvis, tienes que salvarte, no permitiré que te hundas conmigo, eres un gato listo y en cuanto hayas bajado peso el veterinario te encontrará una familia con niños que te tratarán bien y jugarán contigo. No te querrán tanto como yo, seguro, aunque… mira lo que ha hecho mi amor por ti, hincharte como un globo aerostático hasta el punto que ya ni puedes subirte al sofá con la agilidad que te corresponde. Pero no puedo permitir que sigas inflándote en tu intento de acompañarme en mi amargura ni en tu afán de identificarte cada día más con un amo que no te merece.

No me mires, así, Elvis, sabes que tengo razón, sabes que yo hace tiempo que estoy perdido, que te miento y que me miento cuando te hablo de mis propósitos de cambio, que ya no tengo remedio, que hace tiempo que tiré la toalla y que me sumí de lleno en el desenfreno de devorar hasta mi propia identidad. Conoces bien cómo me regodeo en este goce mortífero que está acabando hasta con mi instinto de conservación.

Sabes que me cuesta levantarme del sillón y que ya sólo lo hago para ir a la cocina donde tú me sigues desperezándote de tu pesado sueño; suerte la tuya, Elvis, que puedes dormir. Te miro mientras duermes como mueves de forma sincopada tus patas traseras y te imagino soñando otra vida, tal vez la quinta, rodeado de gatos y gatas ágiles y libres. Otras veces, mientras yo sigo anclado en mi sillón, con el paquete de galletas a un lado y la bolsa de ensaimadas al otro, percibo tu respiración lenta y te imagino soñando, tal vez tu tercera vida, en una casa limpia y fresca, con una chica delgada, alegre y cariñosa que te cuida y te quiere.

Yo, Elvis, hace tiempo que no sueño, desde que dejé de dormir en la cama no he vuelto a soñar, y de eso ya hace… ni me acuerdo. Aunque todavía tengo presente la última vez que soñé: mi madre, aún viva, sujetaba mi cabeza con una mano y con la otra metía comida por mi boca al tiempo que reía y reía, mientras su cara y mi hígado aumentaban hasta reventar la pesadilla. Desde entonces ni siquiera tengo sueños imposibles, como que viene a verme alguno de mis antiguos amigos, ni siquiera. ¿Quién va querer venir a verme? Si hasta la asistenta social no puede disimular la repulsión y el desprecio. Ella cree que no me doy cuenta, pero mientras me ayuda a cambiarme de ropa percibo su malestar y su asco; piensa que me creo esas palabras de ánimo que va diciéndome con su mal entendida profesionalidad y que a duras penas encubren su repugnancia. Y la entiendo, Elvis, hace tiempo que ni yo mismo me soporto en mi abandono.

Elvis, he tomado una decisión, y tendrás que perdonarme: no voy a esperar a que adelgaces, la semana que viene, cuando me traigan la nueva caja de ansiolíticos, pediré al supermercado una botella de whisky y empezaré mi dieta definitiva.

Estamos en Beta

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